EVOLANS (Edición 2016)

YA ESTÁ DISPONIBLE LA EDICIÓN FINAL DE LA NOVELA EVOLANS



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Capítulo LXXVII

Sintió cómo los brazos falsos la levantaban, tal y como estaba, en calidad de bulto, atada de manos y pies, de cuerpo entero, con moretones en su piel y los ojos hinchados. Sintió que se la pasaban unos a otros murmurando en lenguas extrañas, que la llevaban hasta la boca de un abismo y allí, sin piedad, sin ninguna conmiseración, la arrojaban a un pozo de muerte y vacío para que se ahogara.
Sintió esa agua inerte, sin vida, entrar por sus orificios y desnudarla de adentro hacia fuera. Sintió cómo su cuerpo se hinchaba y se hacía pesado, mientras arriba los ojos falsos se alejaban cada vez más, indiferentes, inquisitivos, como si miraran a la bruja que probablemente no podrá salir volando, porque probablemente las artes diabólicas no existan.
Desesperó, exigiendo la vida, exigiendo la luz y el calor de los ojos familiares, de las palabras cariñosas, y se debatió hasta la desesperación con las ataduras que la sujetaban. Pero no era posible soltarse; Saulo Gehernz había seguido al pie de la letra las indicaciones de IEON Corp., le había atado de una forma que jamás podría soltarse, que jamás ningún humano, ningún talentoso escapista, podría superar.
Se agitó, gritó, entró y salió del pánico en forma frenética, pero no hubo eco, no hubo respuesta, no sintió la prisa de nadie por sumergirse, buscarla y recogerla, sacarla de allí, ayudarla a retomar el aire. Sólo su propio peso era su punto de referencia, sólo la presión de un agua de muerte que la aplastaba más y más contra un fondo que probablemente existiera más allá de la eternidad, un fondo oscuro y negro, sin estrellas, sin constelaciones, sin galaxias, donde se ahogaría sin morir, por los siglos de los siglos.
Miró sin luz a su alrededor, llamó a todos los nombres que conocía, pero ninguno penetró en la trama como dios sobre una máquina, ninguno pidió una tregua para limpiarle los cabellos o darle un beso en su mejilla. La habían obligado a morir, a morir a ella también, para que todo finalmente se terminara.
Para que todo, finalmente, se terminara.
“Yo soy Souil Draumenbach”, pensó, “y esta es la parte en la que salgo volando”.
Abrió sus ojos, a la nada, a la muerte. Llevaba horas ahogándose, pero todavía no se ahogaba.
“¿Qué es el cielo? El patio vacío de un error astrofísico, la escupidera de dioses transdimensionales, y sin embargo, para el ser humano que se posa en la tierra y mira, el cielo es un mundo, un texto, un misterio escrito sólo para él. ¿Qué es el cielo? Nada, nada, si no hay alguien que lo mire” pensó, y dentro del agua comenzó a reír.
¿Sonaba su risa? No, después de todo, ¿quién podía oírla?
Confusa, pero incentivada por su revolución, comprendió el misterio de las ataduras que la sujetaban. Saulo Gehernz había seguido al pie de la letra las indicaciones de IEON Corp., le había atado de una forma que jamás podría soltarse, que jamás ningún humano, ningún talentoso escapista, podría superar. Pero ella no era más humana que lo que ella quería, porque al final ella era la mente que sueña los sueños de todos, ella era la que ponía las reglas, la que fijaba las formas.
Por lo que decidió abandonar la forma del ser humano, y abrazar la forma de un ser diferente.
Una triglidae rayada. Un prionotus evolans.
Las cuerdas se aflojaron y se dispersaron, impotentes, para perderse en el vacío. Con brío disfrutó de su nueva condición, respiró el agua, que era la vida, y llenó con su presencia ese estanque que ahora resucitaba desde un pasado ajeno, lejano, desconocido. “Esta es la parte” pensó “en la que salgo nadando”.
Adelante es atrás. Arriba es abajo.
El principio es el final. Nada es Adán.
Nadó, pues, río arriba, mar arriba, para descubrir que en su punto más lejano el cielo se funde con el punto más profundo del océano, para descubrir que la conciencia del ser humano está fuera de ella misma y que todo el mundo que él sueña está dentro. Revisó las paradojas, las encrucijadas, los poemas de los cientos de miles de millones de seres humanos que nacerían de su seno, que vendrían a ser sus hijos, sus nietos, su fértil descendencia. Nadó hasta que el nado del pez fue el vuelo de un ave, hasta que el vuelo del ave fue el relámpago del cielo, hasta que el relámpago del cielo fue la gotera bajo la roca, hasta que la gotera bajo la roca fue la nota dentro del piano, hasta que la nota dentro del piano fue la vida, la vida misma, el viaje de la esperma de un nuevo Adán cromosómico, hacia el óvulo de una nueva Eva mitocondrial, que se han unido en un abrazo hermafrodita para comenzarlo todo de nuevo.
Allí fue cuando Souil comprendió que ella no era nada, porque lo era todo.
Ella era el hilo que no quería perder. La estrella más distante, la perla más profunda. La mayúscula con la que comienza la realidad.
Aquella realidad que comienza allí, donde termina la narrativa.

FIN

Capítulo LXXVI [SMUTEK]

¿Y si no hubiera ocurrido así? Y si Évariste Gaulois hubiera muerto a los veintiún años y no a los treinta y seis, si toda la investigación se hubiera retrasado un par de décadas, si las ecuaciones hubieran sido descubiertas después, y no antes, de la Segunda Guerra Mundial, ¿cuántas cosas habrían sido diferentes?
Quizás, si Georg W. F. Hegel y Charles Babbage no se hubieran conocido y no hubieran fabricado juntos el IE-0n, si Alfred Korzybski hubiera publicado el Science and Sanity antes de la publicación del Über formal unentscheidbare Satzë y no después... Quizás, entonces, el primer Large Hadron Collider no habría sido el de 1995 sino el de 2008, las medidas de seguridad habrían sido las suficientes, y quizás la tierra no habría sido destruida.
Souil, omnisciente, llena su cabeza de todas las voces, de todos los textos, de todos los cálculos, fantaseó en un delirio creativo más allá de lo imaginable, sopesando las posibilidades increíbles que tenía en su posición, en su lugar fuera del espacio-tiempo, en su cuerpo de cero dimensiones, en su mente infinita. Sólo debía introducir un dedo en cualquiera de los agujeros del telón, rasgarlo, y provocar la singularidad cuántica que detonaría un mundo nuevo.
Pero ella, ¿qué era ella? ¿Era un Dios o un resabio, una anomalía interestelar, o la extraña protagonista de una novela que jamás fue escrita? Claras, sus mismas palabras volvieron a su memoria: yo soy el sueño que sueñan todas las mentes. Por lo tanto, soy la mente que sueña el sueño de todos.
Se sintió como Zhuang Tsé, intuyendo que dormirse y despertar son dos nombres para una misma puerta, las dos superficies de una botella de Klein. Comenzó a sospechar que ella no era omnipresente, omnisciente, omnipotente, que sólo se estaba dejando engañar por el efecto opiáceo de las anestesias con las que la mantenían recostada, en una camilla, frente a seres alienígenas que la preparaban para un nuevo nacimiento, un nacimiento pequeño, no humano, insignificante, como si ella no estuviera destinada a ser el dedo que rasga el telón sino la rasgadura misma, la singularidad misma, sólo la primera ficha de dominó que se desentiende de la cadena que alimenta, una vez que ha caído.
Un nacimiento para el que ya había sido entrenada y preparada suficientemente, por el alto y eminente investigador en alteración de mundos posibles, el doctor Enok Everdurajos.

Capítulo LXXV [ZATOR]

~ ¡No! ~ gritó Gehernz, desesperado.
Se tomó la cabeza con las manos, cayó de rodillas y comenzó a temblar.
~ ¿Por qué tienes miedo? ~ le preguntó Lucca.
~ No quiero saber.
~ No le temas al miedo. Él es nuestro enemigo ~ le dijo Zarkand, posándole una mano en el hombro.
~ No es al miedo a quien le temo. Es a la muerte.
~ ¿La muerte? ~ Lucca rió ~ Pero Trent, ¡estamos todos muertos!
~ ¡No! ¡No! ¡No! ~ gritó Saulo, y agitó su cabeza para alejar esa idea de su mente. A su alrededor todo eran risas.
~ No es miedo lo que sientes, Saulo Gehernz ~ le dijo Souil. Con ternura, se arrodilló junto a él y le levantó la cabeza, tomándole suavemente el mentón ~ es vergüenza.
~ ...Sí ~ reconoció entonces.
Lucca y Zarkand se miraron.
~ ¿Vergüenza? ~ preguntó Lucca.
~ Sí, vergüenza ~ dijo Souil, levantándose ~ de reconocer que el error que destruyó el planeta tierra y los confinó al vacío no fue una casualidad, fue todo un error del ser humano. La tierra no se destruyó, fue destruida.
Saulo seguía igual de inquieto.
~ Nosotros estamos listos. Dinos.
Souil suspiró. Lo había reconsiderado, muchas veces, antes de querer volver a ese altillo, antes de imaginar que ese diálogo tenía lugar, todo después de leer los expedientes, de escuchar las grabaciones, de asistir a las conferencias. Por sus ojos y por sus oídos trascendentales habían pasado las imágenes, los relatos, los cuentos a medio formar de todas esas personas que habían vivido, con lujo de detalles, el último día sobre la faz de la tierra.
Ese día, el día que lo significaba todo. El mismo que esas almas, heridas, nostálgicas, traumatizadas, repetirían una y otra vez en su pesadilla, sin descanso, durante miles de millones de años. El día en que la señora Edit se encontró con su vecina y le comentó que los niños ya estaban grandes, que pronto tendrían que ir al colegio, que había que buscarles uno. El día en que Lucas y Camila variaron su camino habitual del liceo a la casa de ella, y se detuvieron a conversar junto a un columpio oxidado. El día en que Saoul terminó los trámites luego de enterrar a su señora y llegó a su departamento para embriagarse sentado en la mesa de la cocina. Ése día, ese mismo día que nunca se cansarían de volver a vivir. Para poder vivir.
El mismo día en que el primer Large Hadron Collider fisuró por error el embaldosado óntico y destruyó, en poco menos de una milésima de segundo, doce diecinueveavas partes del universo.

Capítulo LXXIV [URAZA]

Una melodía suave. Una canción, algunos versos, el recuerdo táctil de cómo reproducirla sobre un piano.
Se aproximó hasta el borde de su conciencia, ansiosa por saber más. Asomándose a lo profundo, miró en busca del extremo de un hilo que no quería perder.
Vio la vida, pero también caminó por los senderos desolados de la muerte. Por las grietas silbantes de los edificios abandonados, por las autopistas sin luminarias, en noches de lluvia torrencial.
¿Cómo desarticular el retículo que era IEON Corp.? ¿Cómo destejer el hilo de miedo y nostalgia con el cual las millones de almas se crearon aquel mundo, aquella burda imitación de su realidad perdida, para no tener que afrontar la verdad, para no tener que morir? Comprendió que en el último minuto los ingenieros cognitivos tuvieron oportunidad de echar mano de todo cuanto habían aprendido; entendió que, cuando la realidad se les hizo insoportable, abrazaron nuevos sistemas metafísicos desde los cuales inventarse una realidad que los satisficiera. Entendió que el exilio de la mente era en realidad la destrucción de los cuerpos, y que la mente a solas consigo misma no podía conservar ya nada que no proviniera de sus recuerdos, de sus ajadas memorias, y que sólo de esa mezcla de ideas difusas, ¡tan distintas, por fuerza y vivacidad, a las sensaciones reales! Había que improvisar la nueva ontogenia cósmica de la mejor manera posible.
Pudo pasar revista a las fuentes, a los inexactos planos utilizados para su construcción. Pudo releer, apenas en un vistazo, el Kritik der reinen Vernunft del cual obtuvieron el T. S., un modelo arquitectural con el cual homologar todas las conciencias dentro de una sola. Examinó a vuelo de pájaro las tópicas del psicoanálisis que los inspiraron para separar el mundo en dos partes, una cinta de Möbius en infinitas dimensiones a la que llamaron Rue de la Vigile, y un bosque oscuro e informe donde ocultaron el Kollektives Unbewusstes, una “selva”, tal como Carl Gustav Jung la había llamado.
Supo que el número de doscientos dieciséis dígitos que cada mente recibía en su lugar de acceso a T. S. era una mímica burda del nombre secreto de los misterios hebreos, sin duda la única manera de codificar numerológicamente la necesidad de que cada mente fuera, en aquel nuevo universo, igual de importante, poderoso e influyente, para que, al final, ninguno fuera más poderoso que nadie más; una idea tomada de L'Occultisme Dévoilé.
La relación entre el nombre y el número la obtuvieron de una vieja canción, la pista 13 del segundo disco del Anthology 2. Aner Korzybski habría sido quien descubriera, años más tarde, que podía engañarse a la pseudo-conciencia, si se usaba un nombre falso y con él un número estandarizado: doscientos dieciséis ceros seguidos.
Comprendió luego que Nostalgia no era una institución creada por Smuljan; Nostalgia era la segunda voz en el coro de la vida-después-de-la-vida, el afluente positivo del Río de los Sueños. Todo el primer episodio del drama ontológico tuvo sentido para ella entonces; vio, en efecto, que cuando el miedo se agolpó en el centro de la Rue y amenazó con destruirlo todo, aquellos que se hicieron cargo de la creatio comprendieron la necesidad de amalgamarlo y ponerlo al servicio de sus mentes. Elaboraron una sigla sin recursión, I – E – O - N, porque las siglas son aquello en lo que más confían los seres humanos, y se dieron a la empresa de construir una pseudo-conciencia, una mente artificial basada en arquitecturas cognitivas fodorianas, pero también en el sistema de archivos del Windows 95; galpones con bibliotecas desde las cuales la pseudo-conciencia leyera lo que necesitara, recitara los conjuros apropiados, y se mantuviera en constante actividad a través del falso trance. Cada uno de sus dummies, sus sirvientes, componiendo una forma adelantada de cognición distribuida, siendo su mandred, irían por el universo, subirían y bajarían por las calles como Hugin y Munin, para informar al cerebro artificial de todo lo que cupiera informarse, de todo lo que cupiera saberse, y a la vez estuvieran dispuestos a ser sus brazos, sus piernas y sus bocas.
En el código fuente de esa pseudo-conciencia que sería, ipso facto, el sostén ontológico de su nuevo Yggdrasil, escribieron con pulcra caligrafía y con lujo de detalles, aquello que pasó a las 16:23 (hora local) del 8 de Octubre de 1996, veinticinco segundos antes de que terminara el mundo.
Ese texto se llamó Aksjomat, que es la palabra polaca para Axioma, que significa lo más valioso.

Capítulo LXXIII [ODDECH]

¿Cómo penetrar en los misterios de la ontogenia? ¿Cómo realizar la creación desde la nada, el despertar desde la muerte?
Porque la mente de Souil despertó de un sueño de miles de millones de años, para descubrir que nadie soñaba. Que todos estaban muertos.
Se levantó por encima de las constelaciones, ennegrecidas a falta de un miradero, y comprendió sus estrellas, vio sus vacíos, sus amores, recorrió el vecindario celeste con una mirada arquetípica, omnipresente, y vislumbró los alcances de un principio y de un final, de una herida, de una revolución.
Fue su cuerpo el cuerpo de mil cuerpos, la madre de millones de hijos; fue su vientre el telón celeste sobre el cual se fijaron las estrellas inmóviles, el lienzo sobre el cual se desdibujó la galaxia, las miles de galaxias, los cúmulos de millones de estrellas. El Sol.
En su comprensión iluminada, en su atisbo de las mareas de luz, su mente se llenó de imágenes, ruidos, sensaciones y sobre todo, números. Percibió alcances de nombres, de lugares, puntos de referencia, retahílas, monumentos, horarios de atención a público en bibliotecas vacías. Contó con los dedos de las manos hasta que sus manos fueron como átomos de helio, como oleajes antojadizos en el mar del hielo cósmico, como strangelets vagabundos en un pastel de pasas. Nombres, personas, cosas, lugares. Y números, números y más números.
Percibió que esos números eran fechas, que había un camino marcado en el tiempo, un cinturón de posiciones, de momentos, una carretera de señas aquí y allá, cosas importantes en las que debía fijarse.
Sobrevoló con su res cogitans esas listas de efemérides todavía desconocidas para ella, hasta que comenzó a entender las cosas que veía.
Comprendió que PLANETA TIERRA era el nombre del lugar donde ocurren todos los lugares.
Comprendió que había un principio, pero que también había un final. Vio el dintel de un edificio oscuro. Vio siluetas dentro, caminando por salas de conferencias, vio sus acaloradas discusiones, escuchó fragmentos de sus intervenciones en un diálogo que recorría transversalmente dieciocho siglos de historia. Supo que ellos habían sido los responsables y los supervisores de muchas cosas que por el momento quedaban más allá de su visión. Comprendió que ellos habían dispuesto las cosas de la forma correcta, para que ella fuera predecible, para que ella, en alguno de todos los mundos posibles en los que la humanidad sobrevivía, ocurriera, y les diera una segunda oportunidad.
Porque también comprendió, en una iluminación repentina, que el mundo se había acabado en el año 1996, cuando el autor de este libro tenía apenas cinco años, y todavía no lo había escrito.

Capítulo LXXII

Saulo Gehernz no sabía lo que era el evolans. Quizás, si lo hubiera sabido, podría haber previsto que Souil no necesitaba estar de manos liberadas. Que no necesitaba que nadie la llevara hacia un lugar, hacia un tal Galpón 32, un lugar inexistente, otra de las muchas mentiras de Korzybski. Quizás, si hubiera sabido que evolans quiere decir precisamente eso: que sale volando, podría haber previsto que ella sólo necesitaba esperar a que IEON Corp. estuviera en su momento más débil, para elevarse, para salir del sueño. Y ver con ojos reales la realidad más allá de la realidad, para sentir con un cuerpo el verdadero espacio, el verdadero tiempo. Para despertar en el agua, en un mar oscuro y muerto (pero pronto lleno de vida) y comprender el porqué de todas las cosas que habían ocurrido.
IEON, una sigla que no significa nada en lo absoluto. Cuatro letras cuya suma gemátrica es 104.
Aksjomat, palabra ilusa. Otro más de los juegos de un niño que dibujó la más perfecta pesadilla, que se las ingenió para confundirlo todo, para dar consistencia, gusto, olor y colores a un trauma antiguo y lejano. El trauma original hacia el cual Souil descendía, por aguas oscuras, muertas, vacías y sin límites, para por fin comprenderlo todo.
La narrativa sólo terminaría una vez que Souil llegara allí, y finalmente supiera por qué todas esas mentes, dormidas, soñaban las unas con las otras y se empeñaban en fabricar una realidad a partir de sus recuerdos, de sus viejos cariños... de su nostalgia.
Nostalgia, palabra ingenua. En el fondo, Smuljan lo sabía. ¿Por qué, si no, puso ese nombre a su cofradía?
IEON Corp. sabía que Nostalgia no ganaría la guerra. ¿Cómo podía ser? Si la Corporación misma es el miedo, ¿no es la nostalgia su más rico alimento? ¿No son acaso la nostalgia y el miedo los hermanos de la pérdida, del extravío, de la falta? No, nada de eso; Nostalgia estaba condenada a perder. Ella era sólo el útero de la esperanza.
Esperanza, otra palabra insignificante. Finalmente lo único que importaba era ella, el relámpago sobre el río de los sueños, que saca a los hombres de su sopor y los guía de la mano hacia la verdad.
La única palabra que realmente importaba estuvo siempre allí. La llave de todas las puertas. La clave de todos los misterios.
Una palabra que son dos palabras.
Las palabras son: PLANETA TIERRA